LA MISIÓN

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EL GIRO DEL TIEMPO

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" KAMBIO" DE FRECUENCIA 2012

sábado, 14 de junio de 2014

ENSUCIARNOS LAS MANOS A PROPÓSITO DE ELEGIR PRESIDENTE DE COLOMBIA MAÑANA 15 DE JUNIO DE 2014

Ensuciarnos las manos
Por: Wilmar Martínez Márquez - Profesor Instituto de Estudios Políticos 
En un momento en que el país está ad portas de volver a un escenario de miedo, persecución y dolor generalizado, reprobar esta práctica política con el argumento de mantener los principios y la coherencia, reproduce la ceguera del hombre dogmático.
Michael Walzer preguntaba si sería posible que, alguna vez, un hombre llegara a enfrentarse a una situación en la que debiera escoger entre dos formas de actuar, siendo ambas incorrectas. El filósofo norteamericano sugirió que sí y que tal situación podría ocurrir cuando alguien se viera obligado a escoger entre un principio moral y evitar un desastre inminente: “un determinado acto puede ser la forma correcta de actuar en términos utilitaristas y, aun así, convertir al hombre que lo realiza en culpable de una incorrección moral.” A este dilema le dio el nombre de las manos sucias y subrayó que es propio de la política. Hay momentos en la política en que tenemos que ensuciarnos las manos, concluyó.
El precedente más conocido de esta postura es Maquiavelo y su postulado de que el hombre de Estado debe saber cómo no ser bueno. Con esto el florentino ya señalaba el carácter perturbador y paradójico de la política. Es perturbador porque la política no enseña a ser bueno de otra manera; si así fuera, no habría tensión ni paradoja en ello.  La política demanda, en ocasiones, actuar traicionando los principios pues esto es lo mejor que se puede hacer.

Isaiah Berlin quien entendió tan bien esto, nos mostró que la antípoda del hombre político es el dogmático. Éste jamás estará sometido a una paradoja tal, pues todo lo que haga se desprenderá de sus convicciones, a las cuales nunca renunciará, aun en el caso en que esto redunde en la miseria de millones de personas. Su integridad moral o ideológica le impedirá ver que existen asuntos más valiosos que la grandeza de los principios que defiende. Por ello, puede convertirse en un déspota –y obligar a los demás a que abracen lo que según él les conviene- o un indolente – y abandonarlos debido a su bajeza o incapacidad para comprender lo correcto. Ciego, hará de la política una cruzada o un púlpito desde el que condenará a sus semejantes. 
Autores tan distintos como Maquiavelo, Hobbes, Berlin, Oakeshott, Weber, Ignatieff, Rieff, Gray o Walzer han subrayado la inconveniencia de una postura como ésta en una actividad cuya razón de ser se encuentra en la consecución de fines. ¿Cuáles? 

La historia nos dice que tras la ruptura de la unidad eclesiástica de la Europa occidental que trajo consigo las guerras civiles entre las distintas confesiones cristianas, surgió un tipo de hombre que supo darse cuenta que sus acciones deberían encaminarse al establecimiento de la paz, aun al costo de lo que pensaban que era correcto. El nombre que se dio a estos hombres fue Les politiques, el objetivo que le dieron a la política fue destinarse a evitar los peores males, entre ellos, específicamente los que produce la guerra. A eso se debe que la política profese, como técnica que le permita acceder a su cometido, un carácter transitorio, negociador y discrecional. 

No hay duda de que nuestra sociedad ha padecido lo desastroso de la utilización de dicho carácter por parte de los intereses más mezquinos. Esto hace legítima la sospecha hacia esta lógica de sacrificar medios por fines. Ahora, el asunto hoy es que no tenemos opción. En un momento en que el país está ad portas de volver a un escenario de miedo, persecución y dolor generalizado, reprobar esta práctica política con el argumento de mantener los principios y la coherencia, reproduce la ceguera del hombre dogmático. No quiero afirmar con Emerson que la coherencia es la virtud de los idiotas, pero es claro que en política sus consecuencias sí que pueden ser devastadoras. 

Por supuesto que votar por Santos significará para muchos traicionar nuestros principios e ideales, perderlos si se quiere, pero no es nuestra coherencia moral ni nuestras ilusiones políticas lo que más debemos temer perder actualmente; es la posibilidad de la paz y las vidas de millones de colombianos que serían sacrificadas si la guerra continúa. Conservar limpias las manos, mientras la estela infinita de sangre sigue manchando la historia del país, puede mantenernos inmaculados. Pero, indolentes y faltos de responsabilidad política.


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